El
tren de la felicidad pasa fugaz, es prácticamente imposible cogerlo.
Para un segundo y, muchas veces, por más que nos aferramos a
un asidero para mantenernos en él no aguantamos la velocidad
y nos caemos. No logramos llegar a instalarnos, a sentarnos cómodamente
en sus dependencias.
Otras
veces, tras muchos esfuerzos por conseguir subir, llegamos a montarnos
e instalarnos. Luego, llega el revisor a picar el billete y nos dice
seriamente: "Pero....usted no ha comprado un billete para este
tren. Usted no quería realmente llegar a la felicidad, quizá
le dio tanto pánico que cambió el billete en el último
momento. Deberá bajarse en la próxima parada"
¿Queremos ser felices o nos encontramos más cómodos
y obtenemos más réditos en la infelicidad, en la desdicha,
en la queja continua, en la simple aspiración a ser felices?
Parece clara la respuesta; sí queremos y lo ansiamos; pero no
está tan claro.
Quizás existe el miedo a ser feliz de forma más extendida
de la que pudiera parecer.
Quizás ser feliz en un mundo de infelicidad por todas partes
te proporcione más quebraderos de cabeza que otra cosa.
De otra forma: ¿Por qué existe esa cerval tendencia a
perseguir con ahínco aquello que no nos conviene; aquello que
no poseemos ni nos convendría poseer; aquello que resulta un
fruto prohibido; aun sabiendo o presintiendo sus consecuencias catastróficas?
A veces, quizás no perseguimos la felicidad; sino que huimos
de ella consciente y desesperadamente.
La
vida se ha asemejado a muchas cosas. Se ha intentado muchas veces crear
una metáfora, una parábola que explique de forma gráfica
y sencilla nuestro estar en este mundo. Para algunos la vida es un continuo
discurrir por un valle de lágrimas; para otros, como Calderón
de la Barca, quizá sea tan sólo una ilusión, una
sombra, una ficción, ....que todo en la vida es sueño....
Para
un valiente y para un cobarde la vida puede asemejarse a una estación
de trenes. La vida, en su transcurrir nos coloca en una estación
de trenes. Son esos momentos, grandes o pequeños; pero importantes
en nuestra vida, en los que debemos tomar una decisión. Una decisión
más trascendente que elegir el color de las cortinas, se entiende.
Y, en ese momento, ya nos encontramos en la estación.
Sacamos
billete hacia lo que creemos nuestro objetivo. Ahí llega el primer
problema:
¿
Adonde queremos ir a parar?
¿Sacamos
un billete a la felicidad, al bienestar personal, a la paz interior?
¿Sacamos un billete a la ambición, a la vanidad, al éxito
económico, a la fama? Son destinos muy sugerentes y anhelamos
llegar a ellos en muchas ocasiones, dejando a veces tirado en el camino
cosas que echaremos luego de menos.
Una
vez comprado el billete, salimos al andén con la ilusión
de que nos lleve allá. Y aquí se presenta el segundo problema:
¿Qué
tren coger de todos los que paran?
Nadie
avisa de qué tren es el adecuado y en qué vía se
coge. ¿Haremos caso a nuestra intuición? ¿Haremos
caso a consejos de otras personas a las que realmente importamos un
pimiento y nos dicen de forma simpática: "Ése es
sin duda el tren que te mereces"? ¿Haremos caso a personas
cercanas que nos dicen que aún no ha llegado nuestro tren, por
lo que no debemos montarnos en el primero que hemos visto?
Es
una decisión fundamental que debemos meditar y sopesar con detenimiento
ya que, si no acertamos, será muy complicado, prácticamente
imposible, que la vida nos permita volver al mismo punto y corregir
nuestro rumbo. El tren nos alejará más y más hacia
una vía muerta que no habíamos elegido. Luego todo es
más complicado de recomponer y, para ello, sería bueno
contar con la ayuda de quien antes desechamos despectivamente, cuestión
difícil y bochornosa.
A
veces llegan trenes rápidos y veloces, otras lujosos e impresionantes;
pero apenas paran y no los cogemos. Si nos inquieta esperar, y nos pone
nerviosos la tardanza, quizá la desesperación nos lleve
a coger un convoy destartalado y montamos en él, haciéndonos
una falsa idea de que es el correcto.
A
todo el mundo le surgen dudas. Tal vez prefieras acudir a un consejo
de alguien que ya haya cogido el tren correcto en alguna ocasión
o tal vez grites fuertemente: "He sacado un billete a la felicidad"
¿Me puede decir alguien qué tren debo coger ?" Y
aquí se presenta el tercer problema:
¿A
quién debo hacer caso?
La
primera opción que barajas es, sin duda, a ti mismo, ¡faltaría
más! ; pero a medida que te acercas y estás a punto de
alcanzar el peldaño para subir te surgen dudas. Necesitas que
alguien te confirme tu decisión. Un conocido te dirá:
"Coge ése" quizá con aviesa intención,
un amigo te dirá: "Da lo mismo, elige lo que quieras, porque
eres libre de equivocarte". Un familiar te dirá: "Espera,
no te precipites cogiendo ahora cualquier tren, seguro que llegará
otro más conveniente" Pero la paciencia no es una virtud
muy extendida y las personas tendemos a la precipitación, haciendo
caso, al final , del peor consejo. Es lo normal.
Te
has montado por fin en el tren que has elegido y, a veces, a través
de las ventanillas ves a gente que conoces que te hacen señas
para que bajes. Te dicen a gritos que vas en el tren equivocado, que
bajes inmediatamente; pero tú te encuentras ya sentado y aislado
por los cristales del vagón. No quieres plantearte que has errado.
El
tren arranca y sigue y sigue, ya apenas ves a la gente que te advertía.
Pronto
se presenta otro problema: Llega el revisor. Es un momento crucial,
muy importante, porque nos pide el billete y será la confirmación
de lo que pensamos nuestra acertada elección. Si nos lo pica
tranquilamente sabremos que hemos acertado. Si frunce el ceño
nos soltará una de dos:
1
-"Oiga usted, no se ha montado en el tren correcto. Este tren no
le lleva a la felicidad. Para en estaciones como el éxito, la
fama, el fracaso, la vanidad, la depresión....;pero la felicidad
queda lejos, va por otra vía " En ese momento desearíamos
haber hecho caso a las voces que nos advertían. Cuanto antes
nos bajemos, mejor.
2
- "Pero usted ¿Adónde quiere ir?" Yo busco llegar
a la felicidad y creo que este tren me encamina
a ella. "Sí, este es el tren de la felicidad; pero el problema
es que usted no cogió un billete para ser feliz. No lleva el
billete correcto y debo indicarle que se baje".
Realmente ¿Buscamos la felicidad o nos da miedo de no saber qué
hacer en ella? ¿Como actuar de forma inteligente haciendo un
verdadero diagnóstico de lo que queremos? ¿Qué
coño hacemos? ¿Cómo saber qué billete comprar?
¿ Cómo saber si lo que deseamos es lo que nos conviene?
¿Cómo doblegar nuestro orgullo, admitir que nos hemos
equivocado y bajar en la primera estación que podamos? Nadie
tiene las respuestas correctas.
Así es la vida, de aventura imprevisible.
Pero sí que contamos con señales y avisos suficientes
que nos alertan de una mala decisión antes de que sea irreversible.
El tren, nuestro tren, antes de llegar a nuestra perdición va
parando en estaciones que debieran servirnos de aviso sobre en qué
sentido nos lleva. La inteligencia y valentía de una persona
no se mide en el acierto al coger el tren; sino en la habilidad para
interpretar los signos y apearse cuanto antes del tren que no nos conviene.
No es muy común reconocer nuestro error y volver a reiniciar
la búsqueda del tren ansiado; pero el empecinamiento en dicho
error, la huida hacia adelante nos llevará, sin duda, a una vía
muerta, a una estación término desértica, desde
donde ya será muy complicado que salgan más trenes.
Ya
sabéis, amigos valientes y cobardes con ganas de dejar de serlo,
cuando os encontréis en una estación, porque la vida os
plantea el dilema de escoger una vía, no os precipitéis.
Parad
a pensar primero qué es lo que queremos, adonde queremos llegar.
Luego, comprad el billete correcto. Montad en el tren con la certeza
de que podéis haberos equivocado y no os empecinéis en
el error de permanecer en él hasta el final, por muy cómodos
que vayáis en sus asientos. Recordad que el tiempo pasa, la vida
sigue y en la vía muerta ya no quedarán buenas oportunidades
de corregir nuestro rumbo.