Creo
que tiene un sueño: Reconquistar la libertad
secuestrada,
la
idea de España como país y nación, secuestrada,
la
democracia, secuestrada por los partidos,
la
justicia, secuestrada por la política,
la valentía, secuestrada por lo políticamente correcto.
Odiado,
temido y admirado locutor de radio, desde la COPE y otros medios escritos,
Federico, un paisano español, natural de un pueblo de Teruel,
aún no ha descubierto el divino placer que debe dar sentirse
turolense, o aragonés, de la misma manera que los que no somos
más que españoles aún andamos buscando e imaginando
los inmensos placeres y dichas que debe reportar el ser catalán
o vasco, a fuer de lo orgullosos y pretenciosos, dicen sus mandantes,
que se deben mostrar sus habitantes. Él se declara español
y le basta y sobra.
Lo demás
son todo pamplinas que han ido impregnando las doctrinas nacionalistas
en las mentes de los incautos y que será muy difícil
erradicar.
No es
un predicador fundamentalista ya que no pretende insertar ninguna
doctrina que no sea la ya establecida por nuestra Constitución
y los valores de honradez y tolerancia que surgieron de la Transición.
Simplemente ataca y critica la deriva política que no ve que
sirva, ni para el correcto progreso de la ciudadanía en particular,
ni de España en su conjunto.
Pétreo
en sus convicciones acerca de la grandeza y el bienestar que reporta
a un país y sus gentes la libertad, la democracia, la justicia,
la honradez y la valentía política, se ha constituido,
desde su micrófono, en azote de liberticidas.
Es un
auténtico valiente de nuestra época, imponiendo un estilo
trepidante y cautivador en la comunicación radiofónica.
Criticado
hasta la extenuación por afines y contrarios, deportado de
medios, presionado hasta la casi asfixia, él sigue con su discurso
crítico donde no lo ve claro. Más bien la continua presión
y crítica no son más que incentivos y despertadores
de su ánimo, como diría El Quijote, que ya están
haciendo que el corazón le reviente en el pecho con las ganas
que tiene de emprender la siguiente aventura, por dificultosa que
se presente.
Pero
es que así debieran ser la mayoría de medios y periodistas,
viendo lo que se está viendo:
Un
presidente de gobierno indolente, bobo solemne e imprevisible o
más bien previsible en lo que peor sea para España.
Un
fiscal general del estado malo, malo, malo de solemnidad, que está
al servicio de un proceso de paz que consiste en la humillación
del gobierno, la rendición del estado y el oprobio para todo
el país, sumiso con la ETA a la que jamás acusa e
incluso, a veces, defiende a capa y espada.
Un
Psoe desnortado que ha visto en las alianzas con todos los partidos,
menos el PP, el medio para perpetuarse en el poder, a base de ir
repartiendo prebendas y trozos de España.
Un
PP demasiado comedido que nada hacia la nadería del centro
en contra de sus bases y votantes, boquiabierto ante la inmensa
respuesta popular manifestándose ante las tropelías
del gobierno y que sólo actúa, con exquisita corrección
claro, cuando es espoleado.
Unos
nacionalistas independentistas, desaforados y crecidos ante la debilidad
de un gobierno y un presidente, que de forma continua, desafían
al estado, a las leyes, a la constitución; arrancando a mordiscos
trozos del espíritu nacional y que han forjado unos engendros
estatutarios que harán imposible la gobernabilidad de la
nación.
Una
justicia borrega y pastelera, dominada por la política en
sus más altas instancias, que es previsible y jamás
se indispondrá con el gobierno de turno.
Un
gobierno inoperante y crispador que actúa con rencor, vendiendo
el humo de sus conquistas sociales, que así llaman al matrimonio
entre homosexuales, metiendo sus narices hasta en la vida económica
de las empresas privadas para controlar y pagar favores y chantajes,
incapaz de defender ni representar a España como única
realidad social, económica y política, ni dentro ni
fuera.
Y
una Corona, ¡Qué decir de la Corona! con un papel decepcionante,
que practica el dontancredismo político, es decir, ponte
de perfil y no te muevas para que no te embista el toro, aparte
de todos los deportes y actividades donde el lujo, la indolencia,
la vergonzosa exposición de privilegios y el glamour se confunden.
¡Qué papelón el de la monarquía indolente
e incapaz de señalarse en su papel constitucional de defensor
de la constitución y, por tanto, de la unidad de España.
Eso sí, cómodamente asentada y apuntalada por unos
medios de comunicación, pelotas en su mayoría, que
actúan como si tuvieran un vergonzoso pacto de silencio y
no crítica.
Algún disgusto le ha costado a nuestro amigo el meterse con
la falta de reacción del rey ante ataques a la nación,
como el estatuto catalán y similares, más bien mostrando
su disposición con un "hablando se entiende la gente",
con sus componendas para librar a amigos de la cárcel, o
ante ataques a la dignidad democrática de un partido político,
el PP, acusado de plantear un golpe de estado tras el 11 M, paralizado
por la casa real, parece ser, porque, a pesar de ser pedido en infinidad
de ocasiones por nuestro amigo, nunca desmintió categóricamente
la real Casa, para no incomodar a los nuevos inquilinos de la moncloa
y, de paso, hacer un nuevo y grato desaire a Aznar.
Todas
estas cosas y más son de cajón de madera de pino y son
criticables e inaceptables para un liberal amante de la democracia,
de la constitución, de la justicia igual para todos y de la
libertad tanto para la creación y desarrollo individual, como
social y económica, para el progreso y bienestar.
No le
importó llegar a ser non grato incluso para Aznar, que le desdeñó
en muchas ocasiones, no reconociendo su mérito en su ascensión
al poder. Le criticó profusamente en temas como la demasiado
blandenguería con los nacionalismos, que ya hacían de
su capa un sayo con las leyes y símbolos nacionales, con la
obsesión por crear un grupo de comunicación al estilo
Prisa que al final se convirtió en un aumento del monopolio
de este grupo, al que Aznar, en un alarde de cursilería, llamó
poder fáctico fácilmente reconocible, con su escasa
intención de regeneración de la vida política
y democrática e incluso por la boda de su hija.
A pesar
de declararse votante del PP no le duelen prendas en denostar la actuación
de figuras relevantes del partido, tipo Gallardón o Piqué,
que, en su obsesión centrista, más bien parece que quieren
desfigurar la que debe ser verdadera finalidad de la derecha, que
no debe ser otra que la de conseguir un país cohesionado, donde
impere entre otras cosas, la libertad económica, la solidaridad
interregional, la justicia, la seguridad jurídica cara al exterior,
la igualdad de oportunidades, la protección de los valores
familiares y educativos y la promoción de la excelencia y del
talento, individual o colectivo, todas ellas por sí y en su
conjunto para hacer de España un verdadero líder mundial
en bienestar y progreso.
Así
pues, ahí tenemos a nuestro valiente por méritos propios,
asediado por los paladines del amor y acusado de verter y sembrar
odio por los campeones de la exclusión y los sectarios irredentos,
progres de salón amamantados por el poder y enriquecidos a
la sombra del presupuesto público.
Lo que ha hecho
Losantos en la Derecha ha sido inmenso. Les ha despojado de la vergüenza
de ser de derechas y, a base de echarles en cara los "maricomplejines",
les ha resucitado de su mansurronería.
Es cierto que su capacidad de crítica hacia la propia derecha
es creciente y se apoya en cada peldaño conseguido para azuzarles
más, sin tener en cuenta que eso puede llegar a hacerles
daño.
Pero también es cierto que la derecha está encajando
muy bien la presión a la que se le somete, siempre hacia
posturas más beligerantemente liberales y patriotas.
La derecha de hace 10 años jamás hubiera salido a
tantas manifestaciones, ni se hubiera fajado en el empeño
de mantener España unida y con un idioma común.
De hecho las
barbaridades cometidas por los nacionalistas en relación
con la lengua y la bandera han sido consentidas por el PP de antaño,
como muestra de una sumisión acomplejada. Las cesiones de
Fraga en Galicia y de Aznar en Cataluña y las Vascongadas,
con respecto al idioma, son inadmisibles para la derecha actual.
Federico y
la Cope, sobre todo; aunque no los únicos, ha sido el gran
atizador que ha armado intelectual y anímicamente a una derecha
que no representaba el sentir de los de derechas de calle y que,
gracias al impulso dado por un discurso valiente, está logrando
conectar perfectamente con el sentir popular; sobretodo en temas
como la nación, la lucha antiterrorista, la educación
y la deriva independentista.
De ahí que, actualmente creo yo, el votante de derechas es
más fiel, tiene más ilusión y está más
convencido que los de izquierdas. ¡Manque pierda!
Estamos
seguros de que nuestro nuevo miembro del Club de los Valientes seguirá
dándonos razones para considerarlo como tal y que siga por esos
caminos tortuosos de la crítica al poder, siguiendo su máxima:
Hay que hacer cada programa como si fuera el último.
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