Hoy he llorado....

 


…sin poderlo evitar.
Una enorme ola de sentimientos ha arrasado toda mi entereza y me ha derrumbado emocionalmente y hasta físicamente, pues me empezaron a temblar las rodillas y casi no pude levantarme.
Así, súbitamente, .......delante de una estupefacta funcionaria de Hacienda, que tramitaba los últimos impresos que certificaban la baja definitiva de mi pequeña sociedad limitada y que, movida ya de compasión, más que por otra cosa, dejó de ponerme pegas a todo y se movió para solucionármelo de la mejor manera posible.
Una última firma en el impreso que es el acta de defunción de un proyecto en el que, como tantos, he volcado los últimos 10 años de mi vida.

Tengo 49 años, un coche de 17 años, una larga hipoteca y estoy llorando.

La pequeña sociedad limitada que teníamos entre tres socios ha sucumbido a la crisis, no sin antes haberse llevado por delante trozos enteros de vitalidad, coraje y optimismo.
Ya casi no me queda nada de ello, ni tampoco del escaso patrimonio que llegamos a ahorrar y que ha ido desangrándose en los últimos 3 años. Porque la crisis viene ya de finales del 2006, un año de ventas malo, que siguió a otro peor, el 2007, continuó con el horroroso 2008 y ha acabado con todo en el 2009.
¡Qué voy a decir a miles de autónomos y pequeños empresarios, que están en mi misma situación, acerca de los esfuerzos gastados en levantar y mantener el proyecto!
A qué les suena eso de no cobrar nada uno durante meses y meses para poder pagar a todo el mundo, desangrando sus ahorros, esperando que la cacareada recuperación económica vuelva a darnos otra oportunidad.

Lloro sin poder evitarlo mientras firmo ante la funcionaria, que no entiende nada de lo que es tener que levantarse cada día sin tener ni un euro ganado todavía y de lo que supone liquidar aquello en lo que pusiste entusiasmo, conocimiento, entrega y toda tu inteligencia.

Lloro porque me siento inútil e incapaz, porque he fracasado, porque no sé por dónde voy a continuar.

Lloro porque estoy hecho polvo, después del calvario arrastrado en los últimos meses, en los que los laberínticos trámites burocráticos para poder liquidar la sociedad de forma ordenada me han acabado de destrozar la moral.
Actas, reuniones, liquidaciones, notarios, ventanillas de la hacienda autonómica, bancos, registros, ventanillas de la hacienda nacional, todo un reguero de chupópteros que se han ido quedando con el tiempo y el dinero que nos quedaba. Y yo, como un pelele, yendo de un lado a otro, de ventanilla en ventanilla, pagando esto a uno, esto a otro, lo siguiente a otro. Pagando a todos: Ellos sentados y yo dando vueltas de edificio en edificio, repartiendo mi currado dinero para contentar a todo este sistema de sanguijuelas parasitarias en que se ha convertido este país. Un país lleno de funcionarios, burócratas inútiles y políticos que se inventan docenas de procedimientos para que pagues y pagues y mantengas su tinglado.

Tú a currar y ellos a recoger tu dinero confortablemente instalados en cómodas y carísimas instalaciones, que se mantienen a base de gente como yo, que van a entregar allí su dinero. Ni siquiera van a tu casa a por ello, no. El sistema confiscatorio necesita, para más humillación, que el confiscado vaya a entregarse humildemente, con la cabeza gacha, como un peregrino penitente.

Lloro de impotencia, derrotado por el mercado y ahora ignorado y expulsado por el sistema al que alimenté con miles y miles y miles de euros sin que goce de la protección de ninguna prestación, ni de ninguna prebenda pública de las que impúdicamente se reparten las castas políticas. Yo sólo soy el plancton que alimenta la onerosa maquinaria y que, una vez exprimido se convierte en estorbo que no sirve.

Lloro de abatimiento porque el Estado tan social, democrático y permisivo que nos enorgullece haber conseguido me da la espalda, al tiempo que saca la cara y todos los recursos públicos por salvar y avalar a cajas, bancos y sus inútiles dirigentes, ahora muy dignos y rigurosos a la hora de calificarte el proyecto y plan de viabilidad en el que ya no creen. Por más vueltas que lo des, sabes de sobra que no te van a conceder ya nada, porque eres un potencial fallido; aunque nunca les devolviste ni una sola cuota.

Lloro porque quizás he sido un emprendedor en un país equivocado. Debería haber hecho una oposición al acabar la carrera y punto, sin complicarme la vida y ahora tendría vacaciones pagadas y días libres a tutiplén, sin la preocupación diaria, que siempre tenías al levantarte, de cuánto se podrá vender hoy.

Lloro porque pierdo la esperanza a borbotones, porque me faltan fuerzas y recursos para iniciar otro proyecto, porque veo que emprender algo en este país, lleno de normas y reglamentos por todas partes, es sortear una zancadilla tras otra.

Salgo del edificio como si fuera un zombi, totalmente ido y sin enterarme de nada a mi alrededor, tan solo me esfuerzo en no seguir llorando; pero no puedo contenerme,

Lloro porque lágrimas es ya lo único que me queda.