¡Piratas de todo tipo nos asaltan la dignidad y los bolsillos!

El Alakrana se llevó la dignidad de mi país

¡Ay qué mal me siento!

Un país roto, sin aliento, descosido, desmoralizado, sumergido en las aguas cenagosas de la corrupción, aplanado por la cobarde resignación a ser el patito feo, desesperanzado por la constatación de que no existe un rumbo a ningún puerto de prosperidad; sino una deriva sin timón hacia los infiernos de una situación insostenible, zarandeado por el capricho de los acontecimientos, cargado de demagogia y con el lastre de la ineficiencia de su clase política. Un país con este desolador panorama necesitaba un revulsivo, una descarga en pleno corazón apenas latiente, y esa ocasión venía de la mano del Alakrana.
El destino nos puso en bandeja una situación crítica que hubiera podido revertir el triste deambular que nos aguarda y dar el chispazo que encienda y reactive el mortecino pulso de esta nación.

Esa ocasión perdida ha sido “El Alakrana”

Hay puntos en la historia de un país que cambian totalmente su rumbo. Lo fue el desastre de la Armada Invencible, lo fue la derrota de Trafalgar, lo fue 1808, lo fue la guerra civil del 36, lo fue la muerte de Franco y lo ha sido más recientemente el auge e hiperdesarrollo de los postulados separatistas, amparados por la propia Constitución, que, permisiva y claudicante, ha permitido la actual deriva de la nación hacia no se sabe donde.

El Alakrana nos ha terminado de derrotar psicológicamente y ha mostrado al mundo, y al propio ciudadano español, la debilidad de nuestras instituciones, la mansedumbre e inutilidad de nuestro ejército, y la incapacidad de nuestro gobierno para defender la dignidad de un país. Todo un cúmulo de vergüenzas por las que sentirse abochornado.

Si en alguna ocasión ha servido la máxima de que es necesario que muera un hombre para salvar a un pueblo, aquí se hubiera plasmado en toda su magnitud.

El acontecimiento glorioso que pasaría a los anales de la historia y sería el detonante para la redención de esta España rendida, para la recuperación de su valía, de su dignidad, de su prestigio tantas veces perdido en los últimos tiempos, hubiera sido el abordaje y la reconquista del atunero secuestrado a manos de unos comandos que hubieran pasado a ser nuestros héroes, catalizadores de una subida brutal de adrenalina nacional.
Operación diseñada para la lucha a muerte contra los piratas, con el arrojo y coraje propios de quien debe defender la libertad y la dignidad de una nación pisoteadas por una panda de harapientos piratas, con la valentía necesaria para asumir que en la refriega, muy probablemente, hubiera muertos de los nuestros y víctimas inocentes de rehenes.

Una operación militar implacable para reconquistar el trozo de España con que han mancillado nuestra honra nacional, hubiera servido para lanzar al mundo el mensaje de que estamos donde tenemos que estar, de que España no es ni va a ser nunca rehén de nada ni de nadie, que nuestra voluntad jamás puede ser doblegada y que la dignidad de un país no es puesta en cuestión ni por la vida de unos inocentes.

La reconquista del Alakrana hubiera sido un hito en la historia, de esos que muestran la grandeza de unos dirigentes, un hecho que marcaría, sin duda, el punto de inflexión en la carrera que llevamos hacia el hundimiento de nuestra conciencia como país.
Nada de esto ha sido y seguiremos en lo absurdo y ridículo que impera en estos tiempos: Que la moral y el honor patrios se encuentran entre las botas de unos chavales jugando a la pelota a ver si se logra meterla entre 3 palos más veces que el contrario.

Es o no es para llorar.


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