|
España vota al que no le pone las cosas feas
|
|
Qué nos da la izquierda si jamás crea nada |
|
¿Y
qué puede hacer
el hombre que no cree en la izquierda? El liberalismo defiende la conciencia y librepensamiento individual y el socialismo pretende entronizar la conciencia de clase, donde los individuos sólo existen como fuerza que da sabia al comité central que los debe dirigir. No cabe duda que, para los mediocres y de poco espíritu, la agrupación y colectivización siempre será su panacea, ya que, al tiempo que no pueden, no saben o no tienen valor, por cualquier circunstancia, para progresar, ven en el colectivo una forma cómoda de encontrarse al mismo nivel que el resto, dejándose llevar por la corriente que fija un poder superior no discutido: El comité. La lucha y la revolución es su única guía, no dando importancia a la idea creadora y avanzada para construir. Su construcción es la propia revolución.
La colectivización ha sido y será siempre el mayor peligro
contra la idea, la genialidad, el empuje individual, el aprovechamiento
de oportunidades, el trabajo autónomo y la empresa, tomada como
proyecto emprendedor. Todo eso es borrado de un plumazo en aras de la
romántica lucha contra el rico y defensa de la clase oprimida.
Pero oprimida ¿por quién? ¿Se puede hablar hoy en
día de clase opresora y oprimida? ¿es el Estado el que oprime
a sus funcionarios? ¿Existen en nuestro país empresas legales
que opriman a sus trabajadores?. No le compliques la vida a nadie, dale oportunidad de conseguir un empleo o emprender su propia idea y su proyecto vital y déjate de luchas y de defensa de los oprimidos. Oprimidos son los que no tienen posibilidad de vivir su vida dignamente, los que están al albur de la permanente limosna; pero la izquierda erre que erre con los ricos y los pobres. Es la diferencia entre el paraguas del colectivo y la oportunidad de crear tu propia trayectoria. España sigue eligiendo el paraguas de la colectivización y el subsidio gubernamental y no quiere oír hablar de otra cosa. Es como la orquesta y los bailarines del Titanic que seguían tocando y bailando sin hacer ni caso a los que avisaban de que esto se hunde. ¡Bah! Catastrofistas. Echa otra copa, Sam. ¡Qué
le vamos a hacer! |