28
de Agosto de 2007 Muere Francisco Umbral, un valiente cronista
In
Memoriam

Has
muerto amigo y desconocido,
porque
dejaste de respirar y de latir.
Creemos
que sin tú querer, o sí,
tu
alma cedió a la falta de impulso de tu cuerpo
por
seguir creando.
Al
final, como ves, el cuerpo vence al alma,
la
sangre al espíritu,
el
latido a la portentosa capacidad intelectual.
Acabamos
por ser nadie, solos en la muerte,
cuando
hemos sido mucho en la vida.
Si
mucho fuiste en la vida,
para
otros y para los tuyos,
muérete
tranquilo, sosegado,
arrullado
por esa nostalgia que,
al
final de nuestros días,
siempre
nos vuelve a nuestros principios.
Naciste
por querer del cielo
para
aportarnos tu esencia intelectual
y
sin nuestro querer has tenido que morir.
La
absurda insuficiencia respiratoria,
que
ahora llaman al dejar de respirar,
te
ahogó y a nosotros nos deja
un
instante en la asfixiante penuria
de quien no puede leerte más.
Es
un instante o dos en que se muestra el abismo,
que
produce un ser que se evapora,
un
ligerísimo temblor que detecta el medidor de lamentos,
cuando
te evoca el recuerdo.
Luego
el papel va pasando
y escribiéndose la vida
al
ritmo de los contratiempos.
Siempre
fuiste un ser de lejanías,
y
lo conseguías con facilidad,
porque
eras de natural frío y distante,
melancólico
y con algo de suicida.
Tu
escritura puede recordar a un romántico suicida,
que
en los minutos previos,
alcanza
una clarividencia y genialidad
fuera
de lo común.
Cuántos
querríamos escribir alguna de tus frases
antes
de morir,
para
dejar algo de alimento
con
que rumiar los que quedan aquí.
Porque
creo que eras un inventor de frases
y
cuando te salían densas, en formación y a borbotones
somos
incapaces de absorberlas todas.
Una
palabra tuya bastará para sanarme,
así
se invoca al Señor antes de la comunión.
Tú
nos dejaste unas frases
con
que sanar algún tormento del espíritu
que
siempre nos anda rondando
en
este valle de lágrimas que tú ya has dejado.
Me
gustaba de ti aquello que dijiste un día
de
que las cosas no salían por ciencia infusa,
que
había que trabajarlas
y
tú te lo trabajabas.
El
talento hay que trabajarlo
y
es un trabajo duro:
alumbrar
ideas, seleccionarlas,
capturar
las palabras exactas
desde
el revuelto almacén de la cabeza,
como
el que elige un pollo gorduelo del gallinero,
y
plasmarla en el folio en blanco de nieve,
para
que quede algo grácil y certero,
algo
bello y balsámico,
algo
que empape el espíritu
y
nos haga un ser de cercanías.
¡Y
eso tiene cojones!
Fuiste
creador y eso a la muerte se la suda,
estúpida
muerte que no te tocaba aún,
¡
Si aún no era tu tiempo de morir !
Muerte
que te sorprende dictando tu artículo,
como
cosa sagrada e ineludible.
Muerte
que nunca debió haber llegado.
Muerte
que no esperábamos,
¿acaso
tú sí? no lo dijiste por escrito.
Muerte
cruel, cruelísima y serena.
Muerte
que no debió ser.
Vida
que no supiste vencerla,
ni
proteger a este valiente
que te sorbía y saboreaba con fruición.
Lloro
y me emociono en la nostalgia que ya me das,
como
si te hubiera conocido de toda la vida,
como
si hubiéramos conversado sobre tu Proust idolatrado,
sensible
y enfermizo,
o
sobre ese Quijote disparatado y melancólico,
que
te fascinó en su modo de ejercitarse en la vida,
inventando
pasiones.
Se
cayeron los palos de tu sombrajo, amigo desconocido,
se nos caerán a todos, no lo dudes,
y
la lástima nos acudirá en nuestra hora,
cuando
veamos que no pasaremos a ninguna historia,
sólo
a esa pequeña y hogareña
en
la que nuestros queridos quizá nos echen de menos.
Una
lágrima ha surgido sin siquiera enterarme,
como
un acto reflejo, no obligado.
Es
mi contribución a tu salvación,
porque
si ésta existe,
está
reservada a los valientes,
a
aquellos que han ido por la vida,
de
caballeros andantes,
generosos,
galantes, sensibles y románticos,
creadores de momentos felices para los demás
y
necesitados de una dama de quien enamorarse.
Dandi
prodigioso, polémico, alborotador y gruñón,
allá
donde quiera que vayas,
no
permitas que se cierre la vida
sin
que hayan hablado de la tuya.
Descansa
en Paz
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